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miércoles, 9 de enero de 2013

Un poeta maldito


Arthur Rimbaud
“El barco ebrio y otros poemas”
Esta obra es sumamente interesante, invita al lector de inmediato a verse y juzgarse, estimula el deseo de conocer más sobre sus debilidades y deseos más profundos; cada poema es distinto haciendo como única similitud entre ellos le manera fría y firme con que están escrito la manera casi instintiva del desahogo y una aparente ira reprimida.
El baile de los ahorcados
Arthur Rimbaud
En la horca negra bailan, amable manco, 
bailan los paladines, los descarnados danzarines del diablo; 
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan, 
y al darles en la frente un buen zapatillazo 
les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles: 
como un órgano negro, los pechos horadados, 
que antaño damiselas gentiles abrazaban, 
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza, 
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio, 
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla! 
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel: 
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas; 
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla: 
parecen, cuando giran en sombrías refriegas, 
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos! 
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro! 
y responden los lobos desde bosques morados: 
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno...

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos, 
un rosario de amor por sus pálidas vértebras: 
¡difuntos, que no estamos aquí en un monesterio! 

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra 
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto, 
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita 
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje 
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta, 
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco, 
bailan los paladines, 
los descarnados danzarines del diablo; 
danzan que danzan sin fin 
los esqueletos de Saladín.
Comentario:
En este poema Rimbaud nos da una imagen de ese infierno simbólico que en el pasado era útil solo para censurar y reprimir la libertad del ser humano de cuestionar, mostrarse tal y como es, con defectos y deseos que no siempre benefician a todos.
La iglesia por mucho tiempo freno a la literatura con ideas radicales, la sociedad estaba condena a la idea de una vida sin gozo por temor a la ira de Dios frenando por completo el potencial intelectul haciéndolos esclavos de su ignorancia el único infierno verdadero.
Rimbaud, A. (2010). El barco ebrio y otros poemas. México: Nórdica.

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